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La divina presencia en todos los seres

Reconocer el Cristo en todos, es la mayor ofrenda que se pueda realizar.
Más allá de la imagen física y de la personalidad que pueda presentarnos la persona, está la presencia divina.
Todo lo que podamos entregar en forma de limosna para ayudar al más necesitado, no es nada comparado con el reconocimiento de su Cristo Interno.
Vivimos en un mundo donde los valores esenciales son muy poco cultivados y apreciados. Son épocas de cosecha, se está separando la cizaña del trigo. Los graneros del Padre se están llenando. Todo aquel que bendiga en otro la presencia del Cristo, ayudará a ese ser a evolucionar en conciencia espiritual.
De nada sirve el conocimiento metafísico, si no se es amor.
Una de las más altas expresiones del amor es el reconocer la divina presencia en todos los seres con honestidad y con todo el corazón.
Para realizar esta tarea es menester sublimar la naturaleza, elevarse por sobre las apariencias externas y bendecir la esencia.
Debemos recordar que todo lo que vemos en los otros, no es otra cosa que el reflejo de lo que nos rodea. Nos sirven de espejo. Lo que detectemos en ellos, estará arraigado en nuestro corazón.
Como guardianes y servidores de las llamas cósmicas en el poder de los 7 rayos, al acceder a este maravilloso conocimiento hermético, tenemos el derecho y el deber de ser amor con todos los seres.
Ante la presencia de otros, mentalmente afirmaremos la siguiente oración del Cristo Interno:

El Cristo en mi, bendice, reconoce, saluda y ama, al Cristo en mi hermano, aquí presente.

Se hace mentalmente para evitar malos entendidos y en especial para quienes no comprendan de qué estamos hablando.


El poder del diezmo

Rico en espíritu es el hombre que comparte sus ganancias con otros. Esto demuestra que posee y comprende la fe y la demuestra. Aquel que tiene la suficiente fe como para repartir sus ganancias con Dios, accede a la fuente de todas las riquezas.

«El que da, se enriquece; el que guarda lo que debiera dar, por ley se empobrece.»

La Ley Metafísica del Círculo (causa y efecto) devuelve todo lo dado multiplicado al ciento por uno. El poder del diezmo está basado en la Ley Metafísica de Causa y Efecto. El maestro Jesús lo expresaba diciendo: «De gracias recibisteis, dad de gracia.» El ser que practica el diezmo, comparte sus ganancias con Dios.
Todos los bienes que se poseen provienen de Dios y estos son duraderos, en la medida que se reconozca su fuente original. El reconocer el origen divino de todos los bienes, lleva implícito el compartirlo con los más necesitados. Todo lo que se comparte vuelve multiplicado; todo lo que por miedo se guarda, termina autoextinguiéndose.
Aquel que desee tener la comprobación eficaz de la ley, deberá poner en práctica el diezmo, separando la décima parte de lo que gane, donándola a cualquier institución cuyo fin sea el de restaurar el plan de Dios sobre la Tierra. Cabe destacar que como dice el dulce maestro Jesús, debemos ser mansos como corderos pero astutos como la serpiente. Esto equivale a meditar cuidadosamente a quien entregamos nuestro diezmo.
Cuando se consagra a Dios el 10% de lo ganado, lo reconocemos como la fuente original de todos nuestros ingresos.
Calcular tener cubierto todos los gastos, y luego, con lo que sobra realizar el diezmo, es sinónimo de poca fe. El que así piensa, generalmente, gasta la mayor parte de sus ingresos con miedo a la indigencia. Este miedo genera más miedo y tarde o temprano termina por cerrar la fuente de ingresos.
Los bienes de una persona no deben ser solamente materiales, Como dicen las Escrituras, es indispensable tener tesoros en los cielos donde no se lo comen las polillas ni los deteriora el orín. Practicar el diezmo es centrar nuestra conciencia en el reino de los cielos y desde luego, todo lo demás vendrá por añadidura.
Nuestro Padre Madre Amor nos presta variadas posesiones para transitar nuestro aprendizaje en esta escuela de vida material. Es evidente que ninguna de estas posesiones podremos llevarlas luego del tránsito terrenal.
El momento de dar es ahora, porque dar es vivir y retener es perecer. El que da de sus sobras, recibe lo que no desea ni necesita. El que da, aún teniendo poco, recibirá lo esencial y eterno. Si se ha de esperar tener mucho para poder dar, ese mucho jamás llegará.
El que no siembra es imposible que pueda cosechar. Para recoger la cosecha de la riqueza es menester, realizar la siembra del diezmo.

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Reflexión: Los miedos

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez? Este sentimiento no es ni más ni menos que el opuesto a la confianza y a veces, ésta decae y da más valor a su otra polaridad.
Todo cambio nos produce miedo. Todo lo nuevo y un futuro incierto nos provocan miedo. Vivencias negativas anteriores nos inducen a rememorarlas con miedo a que vuelvan y se repita lo mismo.
¡Qué fácil caemos en las redes del miedo!
Podemos luchar contra el miedo o tratar de polarizarlo, ya que conocemos que trabajando en el opuesto, llevamos nuestro pensamiento hacia él. Así, al tener miedo a algo o alguien o simplemente no sabemos porqué, deberíamos trabajar con la confianza y la fe. Focalicemos nuestra atención en el opuesto; quitemos nuestro pensamiento del miedo y evitaremos engordarlo.
El mecanismo interno de nuestro organismo nos previene de un peligro, esto es bueno, ya que nos pone en alerta y previene cualquier daño a nuestro cuerpo físico. Cuando este mecanismo está sobreexcitado, nos excedemos en la preocupación y pasamos a un estado de alerta permanente y así llega el miedo.
Esta sensación es la que debemos detener antes de que crezca para evitar que nos inmovilice y nos genere problemas mentales posteriores.
Reforcemos nuestra fe reconociendo todos los aspectos de Dios y de nosotros, sus hijos: Fe, amor, sabiduría, providencia, provisión, inmortalidad y salud. No podemos temer a la soledad tampoco, pues Dios siempre está con y en nosotros.
Por lo tanto, trabajemos con la polaridad restándole valor al miedo y reforzando nuestra confianza.
Conclusión: Poseemos el conocimiento metafísico que responde a cada pregunta. No nos dejemos llevar por la mente mortal aferrada a lo material, finito e irreal; dejemos actuar a nuestro Cristo Interno que nos acerca a lo que en verdad somos.

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