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Testimonio de un metafísico

Durante años me dediqué a buscar y a tratar de entender a esa fuerza e inteligencia invisible que parecía guiarlo todo y que muchos llaman Dios.

Esa búsqueda fue realizada en varias religiones monoteístas, grupos esotéricos, sociedades secretas, etc. Dentro de estas variadas vertientes espirituales mi búsqueda no sólo fue pasiva sino que en varias de ellas realicé servicios durante mucho tiempo.
Pero todo fue en vano, sólo logré decepcionarme y perder la poca fe que poseía.
Cansado de tanto fracaso detuve esa búsqueda en lo externo y a través de la meditación aprendida y practicada desde la enseñanza del Círculo Metafísico Argentino, comencé lentamente a buscar a Dios en lo interno.

Una mañana me encontré mirando un pájaro. Todos los conocimientos intelectuales que poseía no podían darme una respuesta a la pregunta que me surgía desde mi interno. ¿Cómo era que esta simple y pequeña ave se movía, comía las semillas y pequeños insectos que sus ojos y olfato detectaban?¿Cómo sucedía el hecho de que luego de aparearse con el otro sexo de su especie, pudiera reproducirse a sí mismo y de una manera tan natural? Y como si esto fuera poco, también podía volar surcando los cielos raudamente.

¿De dónde provenía la energía que alimentaba y daba poder a su cuerpo como para poder realizar todas estas maravillas?
Para ello esta ave no contaba con pilas atómicas, motores eléctricos ni estaba conectada a ninguna red de electricidad. Por lo tanto, no era obra de ninguna eminencia científica humana.
Y luego me dije: Si a esta ave se le retirara la energía, tan poderosa e invisible, su cuerpo quedaría sin vida y como un títere desarticulado.
Y desde luego sobrevino la pregunta de rigor: ¿Podría el más eminente científico humano, apoyado por la más grande institución científica de la Tierra, devolverle la vida a esta pequeña y simple ave?

Desde ese momento cesó mi búsqueda y no porque pensé que había encontrado a Dios, sino porque comprendí, que a El no se lo puede buscar. Porque él está en el minúsculo átomo, la pequeña célula, la simple piedra, la bella ave como así también en el más sofisticado cuerpo humano y en la más lejana e inconmensurable galaxia.


En el aspirante hay varias señales que denotan la semilla metafísica
(Tercera parte)

 

Anteriormente hemos visto El deseo de servir; los deseos de conquistar la meta anhelada; el buen sentido de la discriminación.

Ahora continuamos con este tema que indica que un aspirante al conocimiento metafísico está en el camino adecuado para lograr su objetivo.

 

El amor impersonal: Todo aquel que dice amar y no genera libertad hacia el objeto de su amor ni siquiera se ha enterado de que no es amor lo que siente, y mucho menos podrá saber que lo único que siente es un fuerte apego terrenal.
El real, atemporal y verdadero amor es impersonal.
El se entrega en todo sin esperar nada a cambio, y jamás empaña su belleza con el sucio velo del ego personal. Aquel que desee crecer a través de las maravillas que produce el servicio, deberá tener en cuenta que nada debe esperar a cambio de su tarea.

Dicen que amar por amar es algo que no conocen los hombres y solo conocen los dioses. Desde luego, que desde la personalidad humana solo pueden producirse apegos disfrazados de amor. Solamente desde esa bella porción de Dios que cada ser lleva dentro puede manifestarse el verdadero amor trascendente espiritual.

La gradual toma de conciencia de la divinidad que habita en el hombre, será la piedra fundamental desde donde se cimentará el amoroso despertar espiritual.
Este despertar espiritual guiará al ser para que pueda contactar con el sublime amor que habita en su interno, luego comenzará a amarse de verdad y por lógica consecuencia, amará a sus semejantes. Nadie puede amar si no se ama a sí mismo.

Amarse es cuidarse, prestándole atención a las sutiles señales de advertencia que los cuerpos, mental, emocional y físico se encargan de comunicar. Después de detectar las primeras señales es menester actuar en consecuencia. Ante una acción mental, emocional o física en el error polarizar la mente hacia la verdad espiritual.


La belleza: El concepto humano sobre la hermosura dista mucho de la esencia de lo bello.

El hombre cataloga la belleza física de acuerdo a los cánones que dictan las épocas.
En siglos pasados el ideal de la belleza femenina eran mujeres pasadas de peso.
En la actualidad son las mujeres muy delgadas.

Los hombres coinciden sólo en la belleza que puede ser observada en la naturaleza. Ante el bello panorama de una hermosa flor nadie discute al respecto.

Pero la real belleza no puede ser vista por ojo alguno. Ella sólo se revela a los mansos de corazón. Cuando un ser posee belleza espiritual, aunque su rostro y cuerpo no encajen dentro de los patrones humanos de belleza, su encarnación irradia una magnetizante irradiación. Aunque a una persona se la vea linda, si sus pensamientos, palabras y obras son groseras, su ser irradiará una energía negativa que repelerá a los demás que lo rodean. La verdadera belleza sólo podrá ser observada en los pensamientos de unión, en las palabras amorosas y en las acciones centradas en la libertad.

 

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