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Testimonio de un metafísico Durante años me dediqué a buscar y a tratar de entender a esa fuerza e inteligencia invisible que parecía guiarlo todo y que muchos llaman Dios. Esa búsqueda fue realizada en
varias religiones monoteístas, grupos esotéricos, sociedades secretas,
etc. Dentro de estas variadas vertientes espirituales mi búsqueda no
sólo fue pasiva sino que en varias de ellas realicé servicios durante
mucho tiempo. Una mañana me encontré mirando un pájaro. Todos los conocimientos intelectuales que poseía no podían darme una respuesta a la pregunta que me surgía desde mi interno. ¿Cómo era que esta simple y pequeña ave se movía, comía las semillas y pequeños insectos que sus ojos y olfato detectaban?¿Cómo sucedía el hecho de que luego de aparearse con el otro sexo de su especie, pudiera reproducirse a sí mismo y de una manera tan natural? Y como si esto fuera poco, también podía volar surcando los cielos raudamente. ¿De dónde provenía la energía
que alimentaba y daba poder a su cuerpo como para poder realizar todas
estas maravillas? Desde ese momento cesó mi búsqueda y no porque pensé que había encontrado a Dios, sino porque comprendí, que a El no se lo puede buscar. Porque él está en el minúsculo átomo, la pequeña célula, la simple piedra, la bella ave como así también en el más sofisticado cuerpo humano y en la más lejana e inconmensurable galaxia. En
el aspirante hay varias señales que denotan la semilla metafísica
Anteriormente hemos visto El deseo de servir; los deseos de conquistar la meta anhelada; el buen sentido de la discriminación. Ahora continuamos con este tema que indica que un aspirante al conocimiento metafísico está en el camino adecuado para lograr su objetivo.
El
amor impersonal: Todo aquel
que dice amar y no genera libertad hacia el objeto de su amor ni siquiera
se ha enterado de que no es amor lo que siente, y mucho menos podrá
saber que lo único que siente es un fuerte apego terrenal. Dicen que amar por amar es algo que no conocen los hombres y solo conocen los dioses. Desde luego, que desde la personalidad humana solo pueden producirse apegos disfrazados de amor. Solamente desde esa bella porción de Dios que cada ser lleva dentro puede manifestarse el verdadero amor trascendente espiritual. La gradual toma de conciencia
de la divinidad que habita en el hombre, será la piedra fundamental
desde donde se cimentará el amoroso despertar espiritual. Amarse es cuidarse, prestándole atención a las sutiles señales de advertencia que los cuerpos, mental, emocional y físico se encargan de comunicar. Después de detectar las primeras señales es menester actuar en consecuencia. Ante una acción mental, emocional o física en el error polarizar la mente hacia la verdad espiritual. La belleza: El concepto humano sobre la hermosura dista mucho de la esencia de lo bello. El hombre cataloga la belleza física
de acuerdo a los cánones que dictan las épocas. Los hombres coinciden sólo en la belleza que puede ser observada en la naturaleza. Ante el bello panorama de una hermosa flor nadie discute al respecto.
Pero la real belleza no puede ser vista por ojo alguno. Ella sólo se revela a los mansos de corazón. Cuando un ser posee belleza espiritual, aunque su rostro y cuerpo no encajen dentro de los patrones humanos de belleza, su encarnación irradia una magnetizante irradiación. Aunque a una persona se la vea linda, si sus pensamientos, palabras y obras son groseras, su ser irradiará una energía negativa que repelerá a los demás que lo rodean. La verdadera belleza sólo podrá ser observada en los pensamientos de unión, en las palabras amorosas y en las acciones centradas en la libertad.
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