
En el aspirante hay varias señales que denotan la
semilla metafísica
(continuación)
Ya hemos visto en el número anterior una de estas
señales: El deseo de servir.
Ahora continuamos con otras señales que indican que un aspirante
al conocimiento metafísico está en el camino adecuado para lograr su
objetivo.
Los
deseos de conquistar la meta anhelada:
El deseo es la planta motriz que impulsa al ser
a lograr su meta.
Se puede ser muy voluntarioso, eficaz, inteligente y muy versado en
temas espirituales, pero si no se tiene el deseo sincero de crecer y
servir, el progreso será dificil.
El deseo es uno de los primeros y principales eslabones que conforman
la cadena de precipitación en la ley metafísica de causa y efecto.
El deseo genera expectación; la expectación genera esperanza,
y al concretarse la manifestación de lo esperado, la fe crece en forma
automática.
Desde luego, que esto no tiene nada que ver con la ansiedad.
La ansiedad en la espera de la precipitación es nociva bajo todo punto
de vista.
Lo ideal es querer de corazón alcanzar la meta anhelada; luego implementar
los medios metafísicos adecuados como para conquistar la meta y a continuación,
lo más indicado es dejar los resultados en las manos de Dios.
El buen
sentido de la discriminación:
La palabra discriminación a veces es malentendida
y usada para otros fines.
El diccionario define la palabra discriminar de dos maneras diferentes.
En el primer caso dice: separar, distinguir, diferenciar una cosa de
otra.
En el segundo caso dice: Dar trato de inferioridad a una persona
o colectividad.
Vamos a usar la palabra discriminar en el primer caso, para distinguir,
separar, diferenciar una cosa de otra.
Discriminar con exactitud e inteligencia es indispensable para
la concreción de la meta anhelada. Si no se tiene la sabiduría mínima
necesaria como para identificar lo que es bueno o nocivo para el crecimiento
interior, es muy posible que la elección del camino sea incorrecta.
Al respecto hay pautas elementales:
1) Elegir pensamientos de belleza, bondad, humildad,
pensamientos positivos, etc.
2) Bajo ningún pretexto ceder a la inclinación natural que tiene
el ser humano de pensar mal.
3) Elegir emociones bellas pacíficas y armoniosas, no ceder ante
la ira, el descontento, etc.
4) Con respecto a las acciones físicas, centrar cada una de ellas
en la verdad del buen trato, la compasión y completa armonía hacia todos
los seres y cosas.
Sentido
de universalidad:
El común denominador de la gente siente que ellos
son los únicos a los que les suceden todas las cosas.
Estas personas están íntimamente convencidas de ser las únicas que piensan,
sienten y actúan de cierta manera especial.
En algunos aspectos muy puntuales esto es así, pero una gran mayoría
de seres humanos conforman patrones preestablecidos que indirectamente
guían sus gustos, actitudes y comportamientos con sus semejantes y modulan
su interacción en el entorno que se mueven.
La verdad es que en los planos superiores todos los seres que habitan
todos los planos y subplanos, todos los reinos y elementos están íntimamente
comunicados y asociados entre sí.
Tomar conciencia de esto producirá un mayor acercamiento y confianza
entre todos los seres y ayudará a derribar las barreras ideológicas,
sociales y culturales que separan a una gran mayoría de hombres.
El buen aspirante debe esforzarse por aprender, comprender y aplicar
a su diario convivir las verdades metafísicas que al respecto se comparten.
El sentido de unión divina universal es muy necesario para ir
ascendiendo de grado en grado en esta escuela de vida terrenal.
Al respecto el dulce maestro Jesús nos dice:
«Yo y mi padre uno solo somos junto a todos
mis hermanos en todo el universo».
El maestro nazareno nos explica claramente nuestra
divina unión filial con el Padre celestial y el resto de sus hijos (nuestros
hermanos) diseminados por todo el universo.
Testimonio de un metafisico (continuación)
Ya me encontraba transitando el camino hacia mi despertar espiritual,
contento de descubrir el mundo nuevo que me mostraba el conocimiento
metafísico. Curiosamente empecé a sentir un nuevo sentimiento
hacia Dios. No era esa sensación de saber que hay alguien, más
poderoso que uno, que todo lo ve, todo lo sabe y que está constantemente
presente. Era y es una nueva sensación como si de pronto me hubiese
reconciliado con él, de tantas veces que le había echado
la culpa de mis males.
Mi Dios, y lo llamo así porque fue como redescubrirlo, fue en
esos comienzos una mano que me guiaba y que aún hoy, basta pensar
en él, para sentirlo conmigo.
Fue muy bueno para mí sentir su presencia, porque muchas veces
mis pensamientos no estaban bien orientados. Me explicaron que debía
ser cauto, sereno y esperar que con el tiempo, el estudio y la práctica
iba a lograr desarrollar un mejor manejo y control de mis pensamientos.
Mientras tanto, estos muchas veces se apartaban del buen rumbo.
Yo sabía que si pensaba mal de alguien, por la Ley Metafísica
de Causa y Efecto, luego iba a experimentar lo mismo por parte de otros.
Pero me costaba quitar mi pensamiento del error, cuando veía
cosas a mi alrededor que estaban mal. Con el tiempo, tal como me lo
dijeron, fui encauzando mejor mis pensamientos. Ya entendí que
no criticar y no juzgar, no significa justificar acciones erróneas
de los demás. Sino por el contrario, el hecho de no sumarme al
mal, me liberó de una carga muy pesada.
No era cómodo cargar con las broncas por el tránsito congestionado,
el malhumor de otros, la descortesía, el mal comportamiento de
los demás, y así un sinfín de cosas. Me liberé
de esto y pude recuperar mucha energía que dilapidaba compartiendo
el error de otros.
También me pasó que sentí una fuerte necesidad
de más y más. Parecía que si no leía muchos
libros metafísicos, asistir a seminarios, compraba todos los
cassettes disponibles, etc., sería menos que los demás.
No hay peor sordo que quien no quiere oír. Escuché muchas
veces, que debía esperar mi tiempo de asimilación para
ir evolucionando lentamente pero con paso seguro. Como la mayoría,
no hice caso. Y logré agotarme física y mentalmente y
hasta pasé por un periodo de dudas al respecto.
Cuando asistía en mis principios a las reuniones de práctica
metafísica veía como mucha gente asistía a las
mismas, pero no las sentía interesadas realmente en lo que hacíamos.
Comprobé que a veces, cuando uno está contento con lo
que conlleva el conocimiento, pues hay muchos logros, intenta que los
demás hagan lo mismo que uno. Por tal motivo, veía «hermanos»
que asistían acompañados por personas que evidenciaban
estar con cierto fastidio. Por suerte, de esto no siento culpa pues
comprendí que no se debe obligar a nadie a hacer lo que su corazón
no le pide.
Una de mis mayores alegrías fue hacer caso a quienes reflejaban
no solo conocimiento metafísico sino que actuaban como verdaderos
metafísicos. Hay personas que hablan mucho pero no han asimilado
nada, o también suele suceder que quieren sentirse «poderosas»
diciendo que saben más que uno, pero que en el fondo, solo se
trata de soberbia, ya que no practican o no entienden como la humildad
es parte de la condición del metafísico.
Aprendí a ser más amoroso con mis semejantes. Practiqué
la tolerancia y supe cuando decir que no a una situación que
Dios me indicaba no era correcta. Aprendí a respetar el lugar
donde «crecí espiritualmente» a tal punto que me
volví puntual; dejé de fumar; dejé de criticar
a mis «hermanitos» de reunión e incluso conocí
el valor del servicio.
Aprendí que si bien todos somos hijos de Dios, venimos a aprender
y parte de ese aprendizaje es diferenciar lo bueno de lo que no lo es.
Aprendí a discernir y elegir la compañía de gente
afín a mis ideas. Y también empecé a vislumbrar
la Verdad de las Apariencias, en especial, de aquellos supuestos amigos;
personas que me alababan pero no de corazón; posibles personas
que se acercaban con negocios; incluso supuestos «metafísicos»
que aprovechaban mis creencias para acercarse con malas intenciones.
Todo esto gracias a que aprendí a pedir a Dios que se manifestará
Su Verdad por excelencia, entonces se me presentaban las personas sin
velos de mentira.
Algo que me costó un poco fue que amigos y ciertos familiares
cuestionaban lo que yo hacía. Al principio me molestaba que se
entrometieran, luego dejé de prestarles atención pues
no era mi culpa si ellos aún estaban en otro estadio evolutivo.
Además, yo no soy superior a ellos ni ellos superiores a mi,
simplemente cada uno debe saber dónde y cuándo llegar
a este punto del camino en el que yo me encuentro.
Me habían dicho que era muy importante que yo practicara, pues
con ello obtendría logros que reforzarían mi fe. Como
ya había pasado mi «fiebre del apuro» supe que debía
obtener resultados con mi trabajo. Puse manos a la obra y trabajé
con los decretos, invocaciones, medité con los cassettes en mi
casa y como la vida sigue andando y tuve que enfrentarme a necesidades
laborales y económicas, practiqué todo lo aprendido, haciendo
meditación, orando, afirmando en las bondades de Dios y salí
adelante. Y cada logro me hizo sentir más satisfecho de haber
encontrado este camino que mi amado Padre Madre Dios me hizo descubrir.
Efectivamente cuando un metafísico obtiene resultados positivos
en su gestión, no solo siente satisfacción sino que refuerza
más su conocimiento, sabiduría y amor hacia los demás,
pues cuando se pide por uno también se pide por toda la humanidad.
Todos somos hijos de Dios y El nos ama a todos sin distinción.