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Señales de peligro para el aspirante metafísico (continuación)

Continuamos con las señales a las que debe prestar suma atención todo aquel aspirante del conocimiento metafísico.

La mentira: Es posible mentir por acción directa o por omisión de la verdad. En cualquiera de los dos casos el móvil que precede a esta acción está centrado en el egocentrismo y la falta de seguridad interna.
El mayor problema que genera la mentira se halla en el estado de irrealidad que termina encontrando el ser que la ejerce.
El vive en una fantasía que lo obliga a alimentarla cotidianamente con más mentiras para ver fortalecidos sus argumentos.
Dentro de todo la mentira en el plano físico, mental y emocional no llega a ser algo demasiado serio.
El verdadero problema se suscita en los planos superiores.
Cuando se pierde el real concepto de la verdad y se niega la existencia del plano espiritual se corre un riesgo muy grande.
Negar a Dios y su única y real creación es una de las mentiras por omisión de más graves consecuencias.
En las Escrituras nos dice Jesús: "Todo error, ofensa, pecado y mentira les será perdonado a los hombres, pero el agravio al Espíritu Santo no les será perdonado en esta vida ni en la otra."
El peor agravio que se le puede hacer al santo espíritu divino es negar su existencia.
Y esto no es porque El puede ofenderse y hacer llover calamidades sobre los hombres.
Es seguro que el Espíritu Santo tiene cosas más importantes que hacer que andar aleccionando a los hombres de poca fe.
El verdadero problema lo va gestando el propio ser que vive alejado de la verdad de su creador y se sumerge en la mentira de su ego carnal.
El ser que niega la divina realidad tarde o temprano termina perdiéndose a sí mismo y hundiéndose en el mundo fantasioso de su propia y mentirosa creación.
Cultivando el conocimiento metafísico se irá erradicando lenta pero seguramente la mentira que genera la negación espiritual.
Todo aquel que se esfuerza en conocer, comprender y aplicar a lo cotidiano la verdad espiritual, se libera de la mentira del mundo material.

La soberbia y la vanidad: La soberbia es el primero de los pecados capitales. Esto no es casualidad es por causalidad (toda causa genera un efecto).
La soberbia es la causa que precede y genera los efectos de los seis restantes pecados capitales. La vanidad es creada desde la soberbia. Ella genera arrogancia, altanería, falso orgullo, altivez, engreimiento, impertinencia, jactancia, falsa suficiencia, pedantería, fatuidad y endiosamiento. Este último conlleva en sí la semilla de su propia destrucción aniquilando al ser que lo manifiesta.

El hombre sabio no hace alarde de su conocimiento.
El soberbio se envanece de lo que es o sabe, sin saber que en realidad lo único que en realidad sabe es que no sabe nada.
La vanidad con respecto a la belleza física está basada en arquetipos y ejemplos que continuamente cambian debido a la época o a la moda.
Con respecto al actual concepto femenino de la belleza física, hace apenas un siglo atrás a nuestros abuelos les habría parecido un exponente desgarbado y desnutrido de la mujer.

Leemos de Eclesiastés Capítulo 1 vers. 1/11 del Antiguo Testamento:

«¡Vanidad, pura vanidad! dice Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad! ¿Qué provecho saca el hombre de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol? Nada nuevo bajo el sol. Una generación se va y la otra viene, y la tierra siempre permanece. El sol sale y se pone y se dirige afanosamente hacia el lugar de donde saldrá otra vez. El viento va hacia el sur y gira hacia el norte; va dando vueltas y vueltas, y retorna sobre su curso. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena, al mismo lugar donde van los ríos, allí vuelven a ir. Todas las cosas están gastadas, más de lo que se puede expresar. ¿No se sacia el ojo de ver y el oído no se cansa de escuchar? Lo que fue, eso mismo será; lo que se hizo, eso mismo se hará:¡no hay nada nuevo bajo el sol! Si hay algo de lo que dicen: «Mira esto sí que es nuevo, en realidad, eso mismo ya existió muchísimo antes que nosotros. No queda el recuerdo de las cosas pasadas, ni quedará el recuerdo de las futuras en aquellos que vendrán después. Todo lo que el hombre es: ¡Vanidad, pura vanidad!¡Nada más que vanidad!»

Testimonio de un metafísico


Cuando me encontré con mi primer libro de metafísica al principio me pareció demasiado complicado. Me hablaban en términos desconocidos para mí: Leyes Universales, Decretar, Rayos, mente mortal, Padre Madre Amor, concepciones erróneas, manifestaciones crísticas, etc.
Me parecía realmente insólito que todo ese conocimiento no fuese nuevo, sino todo lo contrario. Me pregunté como era posible que un conocimiento tan antiguo y tan importante para la evolución humana se hubiese dejado a un lado o enterrado bajo dogmas religiosos.
No fue necesario que yo pensase mucho acerca de eso. La naturaleza del hombre siempre lo ha llevado a buscar prestigio personal, poder, dinero y poco o casi nada le ha interesado el compartir la verdad sobre el mundo en el cual vivimos.
Al ocultar cierto conocimiento es posible manejar mejor a los demás con el miedo que hace que los hombres hagan cosas, que de otra manera no harían.
Volviendo a mi encuentro con la metafísica, puedo decir que pese a lo extraño que me resultó al principio, una cierta curiosidad me invadía por comprender más a fondo de que se trataba todo ese mundo misterioso para mí.
Aprendí que debía leer de a poco y varias veces cada concepto, para poder asimilar la verdad que enseñaba. Aprendí también que no es una religión y que cualquiera podía conocer sus enseñanzas.
Lentamente mi "mente mortal" fue aceptando la verdad que por naturaleza espiritual uno ya conocía, pero que el velo de la encarnación nos oculta para que aprendamos a vivir en este plano material terrenal. Así pude volver a encariñarme con Dios, que tan vapuleado estaba en mi, debido a que por años cometí el error de creerlo culpable de mis desdichas.
No es fácil tomarse en serio que uno es el responsable de lo que nos ocurre. Es muchísimo más fácil echarle la culpa a otro.

Es muchísimo más fácil echarle la culpa a otro. Cuántas veces habré dicho: ¿Dios porqué me haces esto? o ¿Qué habré hecho para merecerme todo esto que me pasa?

Romper con esa costumbre de creer en un Dios malo, castigador y vengativo fue fácil para mí, quizás porque al fin, me encontraba con mi verdadera esencia. Todo lo que me enseñaba la metafísica podía responder a miles de inquietudes que había tenido a lo largo de mi vida.
Tuve, por supuesto, que aprender a ser más humilde y cuando sentía un deseo muy fuerte de divulgar a otros lo que hacía, tuve que aprender que solo con ejemplos los demás se acercarían y me preguntarían.
Aprendí entonces que la divulgación es por atracción y no por gritar a los cuatro vientos lo bueno que es la metafísica, pues sino haría lo que yo tantas veces critiqué en religiones que nos presionan para ser parte de ellos. Además el conocimiento metafísico está al alcance de cualquiera, más allá de cualquier dogma o religión. Incluso uno puede seguir manteniendo sus creencias religiosas y asistir a su iglesia, templo, etc., sin que esto modifique su fe. Simplemente hay que tener la precaución de que no haya contradicción entre la religión que uno práctica y el conocimiento metafísico pues puede confundirnos, por ejemplo: Si asisto a un acto religioso donde me hablan de un Dios castigador, esto entra en contradicción con el Dios amoroso que nos enseña el conocimiento metafísico. Entonces se debe optar o simplemente asistir a reuniones religiosas donde se hable de los demás temas que fortalecen la fe que uno tenga. Todos los caminos conducen a Dios y uno debe elegir el que más se asemeje a su forma de pensar.
Nadie está sobre mi más que Dios, y solo debo responder ante él y por supuesto, ante mi mismo, porque sabiendo que cosecharé lo que siembre, no voy a ser tan tonto de hacer el mal esperando recibir el bien. Las Leyes Metafísicas Universales me dieron las pautas para aprender a vivir, mejorar mi vida y mi relación con los demás.
Muchos ignorantes de la profundidad de lo que aprende un estudiante del conocimiento metafísico creen que vivimos en un mundo utópico, de fantasías, cuando lo que nos rodea es pobreza, enfermedad, desdicha y guerras. No hay que molestarse con ellos, ya verán la verdad sin que nosotros nos involucremos para hacerles comprender. Esa no es nuestra función. Cuando sea el momento, cada uno en su diferente evolución recuperará el conocimiento del que es merecedor por naturaleza espiritual.

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