
Señales de peligro para el aspirante metafísico
(continuación)
La ira y el odio:
El dulce maestro Jesús nos dice que los mansos heredarán
la tierra. Esto en sí mismo es una gran verdad puesto que la ira nace
del odio y esta termina eliminando a su gestor.
Si los violentos son autoerradicados de la tierra
por los efectos de sus propias causas, por lógica consecuencia los mansos
heredarán el mundo.
El temor injustificado:
Existe un sano y normal temor.
También podemos apreciar un insano e injustificado temor en una gran
parte de la población mundial. El sano temor es aquel que nos advierte,
guía y cuida al enfrentarnos a una situación peligrosa de un acontecimiento
concreto. El temor injustificado nace de los miedos subconscientes que
se abrigan luego de atravesar situaciones traumáticas de orden físico
o emocional.
Poner fin a este tipo de situaciones es una de las tareas para lograr
paz consciente e inconsciente.
Un aspirante metafísico no puede avanzar en el sendero si no ha superado
estos fantasmas del pasado.
En una escala de la ley de polaridad podemos encontrar
en un extremo a la fe y en el otro al miedo.
El miedo insano nace de la falta de fe.
Si se tiene miedo y no se encuentra una forma racional de identificarlo
y justificarlo es porque se ha perdido la fe. El que tiene fe no tiene
miedo y el que tiene miedo no tiene fe.
De la única manera que pueden convivir la fe y el miedo es encontrándose
ambas en los extremos equidistantes de la ley de la polaridad. Jamás
habrá de acercarse una a la otra. Es imposible que se puedan encontrar,
puesto que donde está activa una, se encuentra inactiva la otra. Cultivando
la fe se erradica el miedo injustificado.
La duda:
La duda socava la fe.Cuando esta cede se instala el
temor; cuando el temor crece comienza a manifestarse la ira; cuando
esta se acrecienta se precipita la violencia y luego comienza a desatarse
el principio del fin.
La duda no tiene cabida en el hombre de fe. Este deberá extirparla ante
los primeros síntomas de su manifestación. No hay que permitirle que
germine, puesto que si se la deja crecer, sus raíces contaminarán la
tierra fértil del bello jardín de la fe, que con mucho esmero ha estado
cultivando el aspirante metafísico.
El deseo de venganza:
En las sagradas escrituras leemos que debemos perdonar
setenta veces siete. Errar es humano y perdonar es divino.
El hecho de presentar la otra mejilla, lejos de parecer cosa de blandos,
significa la cabal comprensión de las leyes metafísicas universales.
Al respecto la ley de causa y efecto nos dice que en definitiva todo
vuelve a su punto de creación.
El que siembra vientos cosecha tempestades.
Si todos devolvieran mal por mal y ejercieran la ley
del talión (ojo por ojo y diente por diente) tarde o temprano el mundo
terminaría ciego y sin poder alimentarse normalmente.
Detrás del deseo de venganza se oculta el resentimiento,
y este se encuentra fundamentado en el temor subconsciente hacia el
agresor, deseando aniquilarlo para no volver a recibir el daño efectuado
u otro similar de parte de él.
Los celos:
En la célebre obra de Shakespeare, Otelo, observamos
una trágica reseña de como los celos pueden arruinar la existencia humana.
En una de las escalas de la ley de polaridad encontramos en un extremo
al odio y en el otro al amor. Cuando los sentimientos de una persona
exceden el punto medio de esta escala, se generan diversas patologías.
Estas pueden confundir la apreciación del juicio que se hace sobre el
comportamiento humano y la evaluación general de la persona (este es
bueno, aquel es malo, etc.). Pero la realidad nos dice que nos hay buenos
ni malos, solo personalidades enfermas.