Cosmogénesis planetaria de las siete Esferas

 

Los “Constructores”, los “Hijos de la aurora”, son los verdaderos creadores del Universo.

Como arquitectos de los sistemas planetarios, son también llamados los “Guardianes” de las Siete Esferas, que exotéricamente son los siete planetas, y esotéricamente, también las siete tierras o esferas (Globos) de nuestra Cadena planetaria.

En el comienzo, desarrollo y final de los sistemas solares durante las “Siete Eternidades”, vemos el gran evento del comienzo de los astros seguido por la madurez y culminando con la extinción visible de los mismos para luego manifestar la “Resurrección Solar” o sea el resurgimiento subsiguiente de los Sistemas Planetarios en un plano más elevado.

Esta maravillosa sucesión de eventos se produce en todos los planos y subplanos del Universo y puede ser observada claramente expuesta en la Ley Metafísica del Ritmo. Ella nos dice que:


Todo en la creación universal fluye y refluye.
Todo avanza y tiene un retroceso.
Todo se eleva y cae.


Lo Absoluto es el estado final, es aquella condición de subjetividad no relacionada más que con la Verdad y una Absoluta (realidad) en su propio plano.

Es el estado que conduce a la apreciación verdadera de todo el significado del No Ser, que, es el Absoluto Ser.
Más pronto o más tarde, todo cuanto ahora al parecer existe, existirá real y verdaderamente en el estado de la manifestación.

Pero hay una gran diferencia entre el Ser consciente y el inconsciente.

La condición de “ser” sin la conciencia que se analiza a sí misma, no es felicidad alguna, sino sencillamente la extinción durante Siete Eternidades.

Es como un trozo de hierro se calienta al ser expuesta a los rayos ardientes del sol, pero no siente o aprecia el calor, como lo hace el hombre.

Sólo “con una inteligencia clara no obscurecida por la personalidad, y con la asimilación del mérito de múltiples existencias consagradas al Ser en su colectividad (todo el Universo viviente y senciente), se libra uno de la existencia personal, sumergiéndose en lo Absoluto, identificándose con é), y continuando en plena posesión de sus reales facultades”.

La idea de que las cosas pueden cesar de existir, y sin embargo ser, es fundamental en la psicología oriental.

Bajo esta aparente contradicción de términos, hay un hecho de la Naturaleza; y lo importante es comprenderlo, más bien que discutir acerca de las palabras.

Un ejemplo familiar de una paradoja parecida, nos lo da una combinación química.

La cuestión acerca de si el hidrógeno y el oxígeno cesan de existir cuando se combinan para formar el agua, se halla todavía sobre el tapete; algunos dicen que desde el momento en que se les encuentra de nuevo al ser descompuesta el agua, es porque deben continuar existiendo durante la combinación; mientras otros opinan que al convertirse en algo completamente distinto, deben cesar de existir como tales elementos durante todo aquel tiempo; pero ni unos ni otros son capaces de formar el más ligero concepto de la condición verdadera de una cosa que se ha convertido en otra diferente, y que, sin embargo, no ha cesado de ser la misma.

Con respecto al oxígeno y al hidrógeno, puede decirse que la existencia como agua es un estado de No Ser, el cual es un ser más real que su existencia como gases; y puede simbolizar, aunque vagamente, la condición del Universo cuando se sume en el sueño o cesa de ser, para despertar o reaparecer nuevamente, cuando la nueva aurora le vuelve a llamar a lo que nosotros denominamos existencia.

(Se dice el “Hálito” de la Existencia Una, tan sólo en sus aplicaciones al aspecto espiritual de la Cosmogonía, por el esotericismo arcaico; en otros casos es reemplazado por su equivalente en el plano material, el Movimiento.

El Elemento Eterno y Único, o el Vehículo contenedor de los elementos, es el Espacio sin dimensiones en ningún sentido; coexistente con la Duración Interminable, con la Materia Primordial (por tanto, indestructible), y con el Movimiento, “Movimiento Perpetuo”, Absoluto, que es el “Hálito” del Elemento Único.

Este Hálito, como se ve, no puede cesar jamás.

Pero el Hálito de la Existencia Única no se aplica del mismo modo a la Única Causa Sin Causa, en oposición al Todo Ser que es el Universo.

La Creación”, es considerada tan sólo como la Causa Instrumental, y no, como claramente se implica, la Causa Ideal.

EL Todo es la causa de las potencias que tienen que ser generadas subsiguientemente para la obra de la “creación”.
De él han procedido las potencias que tienen que ser creadas, después de haberse ellas convertido en las potencias que crearán, la causa real (en el plano Material)”.

A ninguna otra más que a la Causa sin Causa Ideal única puede atribuirse el Universo.

Por medio de su potencia o sea por medio de la potencia de aquella causa, cada cosa creada viene por su naturaleza inherente o propia”.

El conocerse a sí mismo exige que sean reconocidas la conciencia y la percepción ambas facultades limitadas en la relación a todo sujeto.

De aquí el “El Hálito eterno para sí mismo ignoto”.

La Infinitud no puede concebir lo Finito.

Lo Ilimitado no puede tener relación con lo limitado y lo condicionado.

En las enseñanzas ocultas, el Motor Desconocido e Incomprensible, o el Existente por Sí Mismo, es la Esencia Absoluta y Divina. Y así, siendo Conciencia Absoluta y Absoluto Movimiento para los sentidos limitados de los que describen lo que es indescriptible es inconsciencia e inmovilidad.

La conciencia concreta no puede ser atribuida a la conciencia abstracta, como no puede atribuirse al agua la cualidad de humedad, desde el momento que la humedad es su propio atributo, y la causa de la cualidad húmeda reside en otras cosas.

La conciencia implica limitaciones y calificaciones; algo de qué ser consciente, y alguien que sea consciente de ello. Pero la Conciencia Absoluta contiene al conocedor, a la cosa conocida y al conocimiento; los tres en sí misma, y los tres en si son uno.

Nadie es consciente más que de aquella porción de sus conocimientos que recuerde en cualquier tiempo dado; pero, tal es la pobreza del lenguaje, que no poseemos término alguno para distinguir el conocimiento en que no pensemos activamente, del conocimiento irrecordable.

El olvidar es sinónimo del no recordar. ¡Cuánto mayor no debe de ser la dificultad de encontrar términos descriptivos y diferenciales de los hechos abstractos y metafísicos! No debe olvidarse tampoco que nosotros damos nombres a las cosas según sus apariencias.

A la Conciencia Absoluta la llamamos “inconsciencia”, porque nos parece que debe ser necesariamente así; del mismo modo que llamamos a lo Absoluto “Tinieblas”, porque para nuestro entendimiento finito resulta por completo impenetrable, y, sin embargo, comprendemos plenamente que nuestra percepción de semejantes cosas no se ajusta a las mismas.

Involuntariamente distinguimos, por ejemplo, entre la Absoluta Conciencia inconsciente y la inconsciencia, atribuyendo en nuestro fuero interno a la primera alguna cualidad indefinida que corresponde, en un plano más elevado de lo que podemos concebir, a lo que conocemos como conciencia en nosotros mismos. Pero esto no tiene nada que ver con ninguna clase de conciencia que podamos distinguir de lo que se nos representa como inconsciencia.


El Rayo eterno

 

El “Rayo” de las “Tinieblas Eternas” al ser emitido se convierte, en un Rayo de Luz resplandeciente o de Vida, y penetra dentro del “Germen” el Punto en el Huevo del Mundo, representado por la materia en su sentido abstracto.

Pero la palabra “Punto” no debe entenderse como aplicándose a ninguno particular en el Espacio, puesto que en el centro de cada átomo existe un germen, y estos colectivamente constituyen el “Germen” o la colectividad de aquéllos (si el término puede aplicarse a lo que es ilimitado e infinito), constituye el “noúmeno” de la Materia eterna e indestructible.

Una de las figuras simbólicas del Poder Dual y Creador en la Naturaleza (materia y fuerza en el plano material), es, el lirio de agua de la India.

El Loto es el producto del calor (fuego) y del agua (vapor o éter); representando el fuego en cada uno de los sistemas filosóficos y religiosos, aun en el Cristianismo, el Espíritu de la Deidad, el principio activo, masculino y generador; y el éter, o el Alma de la materia, la luz del fuego simbolizando el principio femenino pasivo, del cual han emanado todas las cosas de este Universo.

De ahí que el éter o agua sea la Madre, y el fuego el Padre,

Las semillas del Loto contienen, aun previamente a la germinación, hojas perfectamente formadas, la miniatura de las plantas perfectas en que se convertirán algún día; concediéndonos la Naturaleza de este modo un ejemplo de la preformación de sus productos...; pues las semillas de todas las fanerógamas que poseen flores propiamente dichas, contienen un embrión de planta ya formado.

El Loto o Padma, es, además, un símil antiquísimo y favorito para el Cosmos mismo, y también para el hombre. Las razones populares dadas son, en primer lugar, el hecho justamente mencionado, o sea que la semilla del Loto contiene dentro de sí una miniatura perfecta de la planta futura, lo cual simboliza el hecho de que los prototipos espirituales de todas las cosas existen en el mundo inmaterial antes que se materialicen en la Tierra; y en segundo lugar, el hecho de que el Loto crece al través del agua, con su raíz en el fango, y abre sus flores en el aire.

El Loto simboliza así la vida del hombre y también la del Cosmos y nos enseña que los elementos de ambos son los mismos, y que ambos están desarrollándose en el mismo sentido.

La raíz del Loto hundida en el cieno representa la vida material; el tallo lanzándose hacia arriba al través del agua, simboliza la existencia en el mundo astral; y la flor flotando sobre el agua y abriéndose hacia el cielo, es emblema de la existencia espiritual.


El doble misterio de la Trinidad y de la Inmaculada Concepción

 

En el comienzo de la Creación la Sustancia Primordial no había pasado todavía de su latencia precósmica a la objetividad diferenciada, ni siquiera para convertirse en el sustrato invisible (para el hombre al menos) de la ciencia.

Pero en cuanto “suena la hora” y se vuelve receptora de la impresión del Pensamiento Divino (el Logos) su “Corazón” se abre.

Se diferencia, y los tres (Padre, Madre, Hijo) se convierten en Cuatro.

He aquí el origen del doble misterio de la Trinidad y de la Inmaculada Concepción.

El dogma primero y fundamental del Ocultismo es la Unidad Universal ( Homogeneidad) bajo tres aspectos. Esto conduce a una concepción posible de la Deidad, la cual, como Unidad absoluta, tiene que permanecer por siempre incomprensible para las inteligencias finitas.

“Si quieres creer en el Poder que actúa en la raíz de una planta, o imaginar a la raíz oculta bajo el suelo, tienes que pensar en su tallo o tronco y en sus hojas y flores. No puedes imaginar aquel Poder independientemente de estos objetos. La Vida puede ser únicamente conocida por el Árbol de Vida...”.

La idea de la Unidad Absoluta quedaría por completo quebrantada en nuestro concepto, si no tuviéramos algo concreto ante nuestros ojos para contener aquella Unidad.

La Deidad, siendo absoluta, tiene que ser omnipresente; de aquí que no exista ni un átomo que no La contenga.

Las raíces, el tronco y sus muchas ramas son tres clases de objetos distintos, y sin embargo, constituyen un árbol.

Los cabalistas dicen: “La Deidad es Una, porque es Infinita. Es Triple, porque siempre se está manifestando”. Esta manifestación es triple en sus aspectos, puesto que requiere, como dice Aristóteles, tres principios para que cada cuerpo natural se convierta en objetivo: privación, forma y materia.

Privación significa, para el gran filósofo, lo que llaman los ocultistas los prototipos impresos en la Luz Astral, el mundo y plano más inferiores del Anima Mundi.

La unión de estos tres principios depende de un cuarto: la Vida que radia desde las cúspides de lo Inalcanzable, para convertirse en una Esencia universalmente difundida en los planos manifestados de la Existencia.

Y este Cuaternario (Padre, Madre, Hijo, como Unidad, y un Cuaternario como manifestación viviente), es el fundamento que conducido a la antiquísima idea de la Inmaculada Concepción, cristalizada ahora finalmente en un dogma de la Iglesia Cristiana.

Pues no hay sino que leer la Kabalah y estudiar sus métodos numéricos de interpretación, para encontrar el origen de aquel dogma.

Es puramente astronómico, matemático y prominentemente metafísico: el Elemento masculino en la Naturaleza (personificado por las deidades masculinas y por los Logos Virâj o Brahmâ, Horus u Osiris, etc.), nace a través, no de un origen inmaculado, personificado por la “Madre”, porque aquel Varón, teniendo una “Madre” no puede tener un “Padre”, pues la Deidad abstracta carece de sexo y no es ni siquiera un ser, sino la Seidad o la Vida misma.

Expresemos esto en el lenguaje matermático del autor de The Source of Measures (El Origen de las Medidas). Hablando de la “Medida de un Hombre” y de su valor numérico (kabalístico), escribe que en el Génesis, cap. IV:

Es llamada la Medida del “Hombre igual a Jehovah”, y esto se obtiene del modo siguiente: 113 x 5 = 565; y el valor de 565 puede colocarse bajo la forma de 56’5 x 10 = 565. De aquí que el número del Hombre, 113, se convierta en un factor de 56’5 x 10, y la lectura (kabalística) de esta última expresión, es Jod, He, Van, He, o Jehovah... La expansión de 565 en 56’5 x 10 tiene por objeto demostrar la emanación del principio masculino (Jod) del femenino (Eva); por decirlo así, el nacimiento de un elemento masculino de un origen inmaculado; en otras palabras, una inmaculada concepción.

De este modo se repite en la tierra el misterio verificado, según los videntes, en el plano divino.

El Hijo de la Virgen Celestial Inmaculada (o el Protilo Cósmico no diferenciado, la Materia en su infinitud), nace de nuevo en la tierra como Hijo de la Eva terrestre, nuestra madre Tierra, y se convierte en Humanidad como un total pasado, presente y futuro-; pues Jehovah o Jod-Hé-Vau-Hé, es andrógino, o a la par masculino y femenino.

Arriba, el Hijo es todo el Cosmos; abajo es la Humanidad. La Tríada o Triángulo se convierte en la Tetraktys, el sagrado Número pitagórico, el Cuadrado perfecto, y un Cubo de seis caras sobre la Tierra. El Macroprosopus (la Gran Faz) es ahora el Microprosopus (la Faz Menor); o como dicen los kabalistas, el “Anciano de los Días”, descendiendo sobre Adam-Kadmon, de quien se sirve como de su vehículo para manifestarse, queda transformado en el Tetragrammaton. Hallase ahora en el “Regazo de Mâyâ”, la Gran Ilusión, y entre Él y la Realidad existe la Luz Astral, la Gran Receptora de los sentidos limitados del hombre, a menos que el conocimiento divino acuda en su auxilio.

 

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